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El día que descubrí una nueva habilidad: la estrategia

Por Dr. Natanael Gutiérrez

Cuando reflexiono sobre mi niñez, comprendo que nunca fui un estudiante convencional. Había asignaturas que simplemente no despertaban mi interés. Entraba al aula y lo primero que preguntaba era:

—¿Qué clase toca?

Si la respuesta no me entusiasmaba, buscaba la manera de desaparecer por un rato. Más de una vez terminé sentado sobre el techo de la iglesia adventista, esperando que transcurriera la hora para regresar a aquello que realmente captaba mi atención.

Sin embargo, había algo que sí despertaba una pasión inagotable en mí: el conocimiento.

Amaba la historia. Tenía apenas diez años cuando iba a la librería de los Altuna a comprar periódicos viejos que se vendían por libras. Los llevaba a casa y los leía uno tras otro con una avidez difícil de explicar. Hoy entiendo que aquella costumbre fue el origen de una característica que me ha acompañado toda la vida: la curiosidad.

Por esos mismos años visitaba el supermercado de Sarita para comprar postales de béisbol. Después pasaba largas horas conversando con don Amador Pons, quien había sido gobernador de Barahona. Aquellas conversaciones ampliaron mi manera de entender el mundo. Aprendí a escuchar con atención, a formular preguntas y a sentirme cómodo dialogando con personas que me llevaban décadas de experiencia.

La curiosidad siguió creciendo.

Compraba libros usados, revistas antiguas y me inscribía en todo curso que despertara mi interés: inglés, informática, ventas, visitador a médicos y locución. También estaba el béisbol, una de las grandes escuelas de mi vida, donde aprendí disciplina, liderazgo, trabajo en equipo, resiliencia y la importancia de perseverar incluso cuando el resultado parecía incierto.

Durante esos años descubrí autores que influirían profundamente en mi manera de pensar. Dale Carnegie, Stephen Covey, Spencer Johnson y Scott Alexander reforzaron una idea que continúa acompañándome: el éxito no depende únicamente de los conocimientos que acumulamos, sino, sobre todo, de las habilidades que desarrollamos para aplicarlos.

Mi paso por la Universidad Autónoma de Santo Domingo fortaleció aún más esa visión. Mientras cursaba la carrera de Odontología participé en la selección universitaria de béisbol y en los organismos estudiantiles de representación de la Facultad de Ciencias de la Salud. Sin saberlo, cada una de aquellas experiencias me estaba preparando para una prueba que todavía no imaginaba.

La llamada llegó de manera inesperada.

Mi hermana me pidió que representara a la empresa en la Primera Feria Nacional de Tecnología para Proveedores del Estado.

Acepté.

Lo que no imaginaba era la magnitud del desafío.

Treinta y una empresas competirían en aquella actividad. Muchas contaban con años de experiencia, equipos especializados, importantes recursos y estructuras organizativas que parecían imposibles de igualar. Nosotros apenas comenzábamos a preparar nuestra participación.

Recuerdo haber observado aquel escenario y hacerme una pregunta que cambiaría el rumbo de todo:

¿Pasamos desapercibidos o competimos para ganar?

Llamé a mi hermana y le dije:

—Si me das las condiciones, podemos competir. No tengas miedo.

A partir de ese instante comenzó un proceso que transformaría para siempre mi manera de pensar.

Primero observé.

Después analicé.

Finalmente me hice una pregunta que terminó convirtiéndose en el eje de toda nuestra estrategia:

¿Qué exigiría yo si fuera el cliente?

Aquella simple pregunta cambió absolutamente todo.

Dejamos de pensar como vendedores y comenzamos a pensar como compradores.

Durante semanas trabajamos intensamente construyendo una propuesta diferente. No disponíamos de más recursos que nuestros competidores. Tampoco teníamos una marca más reconocida ni una estructura superior.

Pero sí podíamos ofrecer algo distinto.

Podíamos crear una experiencia que respondiera verdaderamente a las necesidades del cliente.

Mientras muchos competían exhibiendo sus fortalezas, nosotros decidimos competir comprendiendo profundamente a quienes tomarían la decisión de compra.

El resultado superó todas nuestras expectativas.

Shadday Barahona se convirtió en la empresa con el mayor volumen de ventas de toda la feria y obtuvo el primer lugar a nivel nacional.

Con el paso del tiempo comprendí que aquella victoria nunca fue producto de la suerte.

Tampoco fue consecuencia de tener mayores recursos.

Habíamos ganado porque aprendimos a pensar estratégicamente.

Y fue entonces cuando descubrí algo sobre mí que jamás había considerado.

Hasta ese momento me había definido como estudiante, lector, deportista, odontólogo o emprendedor.

Nunca como estratega.

Terminada la feria regresé a la universidad para concluir mi tesis sobre la importancia de la Psicología en la formación odontológica. Aquella investigación fue reconocida como la mejor de la Facultad de Ciencias de la Salud en 2007, obteniendo la máxima calificación.

Poco tiempo después tomé una decisión que muchos consideraron extraña. A pesar de haber sido aprobado para una beca de especialización en España, decidí poner en pausa mi carrera odontológica para dedicarme a construir las bases operativas de lo que hoy es Grupo Shadday.

Fue una etapa marcada por la innovación, el aprendizaje permanente y la toma constante de decisiones.

Mirando hacia atrás, descubro que la estrategia no nació realmente en aquella feria.

La feria simplemente me permitió reconocer una capacidad que había estado desarrollando durante años sin ser plenamente consciente de ello.

Todo había comenzado mucho antes.

Había comenzado cuando un niño curioso leía periódicos viejos, hacía preguntas que nadie le pedía hacer y dedicaba horas enteras a conversar con personas que podían enseñarle algo nuevo.

Porque las habilidades más valiosas rara vez nacen únicamente en las aulas.

Con frecuencia surgen de la observación, de la lectura, de la curiosidad, de la experiencia y de la capacidad de relacionar ideas que otros pasan por alto.

Con el tiempo comprendí que la estrategia no consiste únicamente en planificar.

Consiste, sobre todo, en aprender a descubrir oportunidades donde otros únicamente alcanzan a ver limitaciones.

Aquel día no descubrí simplemente cómo competir en una feria.

Descubrí una forma de pensar que más adelante me acompañaría en los negocios, en la odontología, en los proyectos de desarrollo y, sobre todo, en la vida.

Hoy sigo convencido de que el desarrollo de una persona, de una empresa o de una región depende, en gran medida, de su capacidad para pensar diferente.

Quizás por eso la lección más importante que me dejó aquella experiencia puede resumirse en una idea muy sencilla:

Las habilidades crean oportunidades. Las oportunidades crean empresas. Y las empresas crean desarrollo.

Pero existe un último nivel, el más importante de todos.

Cuando ese desarrollo se comparte, genera empleos, inspira a otros, fortalece el tejido empresarial y abre nuevas posibilidades para toda una comunidad, deja de ser un éxito individual para convertirse en un patrimonio colectivo.

Eso es, precisamente, la verdadera riqueza.

La riqueza colectiva.

Por eso sigo creyendo que la curiosidad, cuando se transforma en disciplina; la disciplina, cuando se convierte en estrategia; y la estrategia, cuando se pone al servicio de los demás, tiene el poder de transformar vidas, organizaciones y sociedades enteras.

Dr. Natanael Gutiérrez Pérez

Odontólogo, empresario y promotor de iniciativas de desarrollo para Barahona y la Región Enriquillo. Presidente del Movimiento Desarrollemos Barahona (MDB).

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